CUANDO CAEN LAS HOJAS

 En Ecología Urbana

Desde que me conozco he sentido un gran amor por la naturaleza. Crecí en una casa que dirigía su mirada a un jardín visitado por gran cantidad de especies de aves, y mi mayor fuente de conocimiento sobre los ciclos de la naturaleza era un hermoso iguá de 25 metros de altura, guardián de la casa. Recuerdo que periódicamente este miembro gigante de la familia cambiaba por completo su color de un verde aterciopelado a un amarillo intenso, y con la llegada de los vientos mis hermanas y yo interrumpíamos cualquier actividad para correr bajo su sombra a disfrutar de lo que llamábamos la “lluvia de hojas”. Días después, cuando el viento había desnudado sus ramas, veíamos que de nuestro iguá brotaban millones de hojas pequeñitas, muy verdes. Entonces, nos quedábamos esperando sin prisa otros 6 meses la llegada de los vientos. Estos recuerdos han venido a mi memoria desde cuando comencé a estudiar los temas de medio ambiente, los tejidos urbanos y la arquitectura que proyecta con la naturaleza. Me di cuenta de que la búsqueda que hemos emprendido desde que el ser humano pudo utilizar su entorno para transformarlo, ha sido una carrera hacia la ruptura con su origen. Tanto hemos transformado nuestro espacio geográfico con base en imaginarios ajenos, que nos olvidamos de quiénes somos. De nuestro origen sólo tenemos libros llenos de relatos y algunos objetos que aún permanecen a salvo.

¿Y qué pasó con nuestros imaginarios? ¿A dónde se fueron el jaguar y el pato pisingo representados por nuestros ancestros indígenas a través de tantos objetos? ¿Qué pasó con la madre tierra, el dios sol, venerados por nuestros antepasados? Ahí han estado siempre. El problema es que ya no los vemos. Hemos aprendido a creer y soñar con imaginarios que no nos pertenecen, con modelos de vida y de ciudad que nos dictan culturas ajenas a la nuestra, nacidas de territorios infinitamente diferentes.

Y entonces, ¿cómo podemos construir ciudad, región y país desde lo que hoy somos? Debemos empezar a mirar de nuevo nuestro territorio. Nuestras ciudades deben volverse educadoras, que sus habitantes vuelvan a ser conscientes de los ciclos del viento, del agua, del aire, de los ríos, de las migraciones de especies y de los árboles nativos. El agua debe poder recorrer nuestras calles, donde los niños la toquen y puedan jugar con ella en época de lluvias o extrañarla cuando llegue el verano; los espacios verdes deben ser conservados como cultura natural y abrigo de nuestra diversidad única; las ciudades deben tejer corredores verdes que permitan a las especies biológicas atravesar los centros urbanos; los espacios arquitectónicos deben estar diseñados con la naturaleza, el sol debe ser fuente de energía y el viento, la vegetación y el agua deben ser reguladores del ambiente.  Y aunque vivimos en lugares diseñados para esconder los procesos naturales de los que depende la vida, hecho que nos ha llevado a un empobrecimiento sensorial del entorno que nos sustenta, aun no es tarde para volver la mirada. Empecemos ahora.

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