MI AMOR POR LA NATURALEZA SALVAJE

 En Fauna Silvestre, Medio Ambiente

Siempre me pregunté por qué a pesar de haber nacido en una familia “citadina”, es decir, en la que ni papás, ni abuelos, ni tíos tenían finca, ni su trabajo estaba relacionado con el campo, yo amaba la naturaleza salvaje con tanta fuerza y decisión.

 

Creo que no fue sólo un “gen recesivo” de algún ancestro menos urbano, ahora sé que hubo otras tres razones poderosas:

 

Con el iguá de la casa

Las ramas del iguá de la casa

La primera, crecí en una linda casa (diseñada magistralmente por mi papá, que es arquitecto), completamente abierta y dirigida a un jardín de 350 m2 con un árbol muy alto de iguá en el centro (Albizia guachapele) en donde mis hermanas y yo jugábamos gran parte del día y éramos testigos de los ciclos de la naturaleza.

 

La segunda fue por el corazón aventurero e idealista de mi papá, que casi cada dos semanas nos llevaba (a veces con los abuelos maternos), a algún lugar secreto del río Neiva o del río Baché a bañarnos y a almorzar sentados en las piedras de la orilla (mi mamá, lo alcahueteaba y se encargaba de preparar elaboradas y deliciosas recetas para llevar).

El Nevado del Ruiz

 

Recuerdo que justo antes de salir, yo buscaba en la cocina algún frasco con tapa que usaría para poder regresar a casa con un pecesito o unos renacuajos que al llegar instalaba en una pecera, para ver su metamorfosis. Pero eso no es todo, por lo menos cuatro o cinco veces al año nos íbamos a acampar a algún bello rincón del Huila o de Colombia. En nuestros paseos aprendimos a amar nuestras montañas y valles, llanos y playas, desiertos y nevados. Fuimos desde la Guajira hasta Nariño, y desde la costa pacífica hasta los llanos orientales.

 

y la tercera, es la consecuencia de las dos primeras: Como no teníamos finca, mis papás nos mostraron a través de todas estas aventuras maravillosas, que no la necesitábamos. Nos enseñaron a amar profundamente y a valorar cada uno de los lindos rincones de Colombia.

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