HISTORIA DE UN COLIBRÍ CORUSCANS

 En Fauna Silvestre, Medio Ambiente

El martes 20 de abril de 2010 recibí una llamada a mi celular. Era mi amiga Juanita Mariño, una arquitecta urbanista con quien trabajé hace unos años, que me decía: “Caro, ¡ayúdame por favor! …acabo de encontrarme un colibrí tirado en la mitad de la calle 85. Está calientico, pero no sé qué hacer”. Como eran las 10:30 am y yo estaba en la oficina, le recomendé que se lo llevara para su casa, le preparara una mezcla de agua muy limpia con azúcar en la proporción precisa y le diera de beber para que recuperara fuerzas; que lo llevara al jardín, lo pusiera en una rama y que esperara a que se fuera volando. Después de un rato me llamó de nuevo para contarme que nuestro pequeño amigo intentaba volar pero no podía elevarse y que notaba que le faltaban las plumas de la cola.

Efectivamente, cuando lo recogí un par de horas después, comprobé que era un ejemplar adulto de Colibri coruscans, que por alguna razón -quizás a causa de un gato- se le habían caído las plumas de la cola y no podía volar. Desde ese día y durante la siguiente semana y media, el colibrí se convirtió en otro integrante de la oficina, pues debía darle agua azucarada frecuentemente. La veterinaria Claudia Brieva de la Unidad de Rescate y Rehabilitación de Animales Silvestres de la Universidad Nacional (URRAS) me recomendó mezclarle algunas vitaminas y suministrarle insectos. ¡Qué tarea tan complicada! Descubrí que “cazar” arañas y mosquitos no era cosa fácil y a pesar de que deambulaba con un frasco en la mano, fracasé en la misión. Afortunadamente, mi médico y amigo Alberto Menéndez se interesó por el colibrí y me consiguió con sus colegas una proteína en polvo que le dan a pacientes muy especiales. Con tanta ayuda amorosa ya estaba preparada para ayudar a la pronta recuperación de nuestro alado amigo.

El colibrí poco a poco se adaptó a su nueva situación. Aprendió a identificar la punta de la jeringa a la que le adherí una flor color rosado fuerte que hice en cartulina, y ya puedo dejarlo durante el día en la casa, junto a la ventana.

Con los días le comenzaron a salir los cañones de la cola, pero descubrí que no podía volver a volar, pues quizá el supuesto gato le afectó también el ala derecha. Aunque guardé la esperanza de poder devolverlo a la libertad, entendí que se quedaría conmigo el resto de su vida (estuvo conmigo unos 7 meses), no sólo porque me siento incapaz de dejar un animal herido a su suerte, sino porque tengo una gratitud inmensa con los colibríes, los insectos, las aves y los animales que a diario cumplen con la invaluable labor de dispersar las semillas y polinizar las plantas, ayudando a cubrir todo el planeta de un verde resplandeciente.

¿Qué haríamos si ellos un día no pudieran hacerlo? ¿Cuánto esfuerzo y recursos habría que invertir en esta labor vital? ¿Cuánta mano de obra se necesitaría para sembrar miles de millones de semillas? … y al final no sabríamos dónde y cómo hacerlo.

Proyectos Recomendados