LA CLAVE: INDEPENDIZARSE DE LA INCERTIDUMBRE DEL ENTORNO

 En Ecología Urbana, Investigación

Un común denominador de las personas que han tenido la oportunidad de viajar por los llamados países del norte es que llegan admiradas de las ciudades tapizadas de césped milimétricamente cortado y de los árboles y arbustos moldeados y podados como si fueran esculturas urbanas. Pero quienes observan maravillados esta obra del ser humano sobre la naturaleza no se alcanzan a imaginar la gran inversión de energía, recursos, dinero y esfuerzo que ha implicado conservar “el orden” de estos espacios.

Y como suele ocurrir con todo, estos modelos han sido copiados al pie de la letra por nuestras ciudades. Al igual que allá, las zonas, los rincones, las grietas, las glorietas y separadores donde las especies nativas han podido emerger silenciosamente, son catalogadas como “abandonadas y descuidadas” y las acciones para “mejorar” estos espacios por parte de los municipios consisten en sustituir la diversidad nativa por un paisaje foráneo regularizado, uniforme, poco diverso y dependiente de la gestión humana, como lo dictan las normas culturales.

En lugar de ello, se deberían dedicar estos esfuerzos a catalogar y a evaluar desde el punto de vista biológico las plantas nativas que a pesar de la hostilidad urbana han logrado no sólo sobrevivir sino también crecer y reproducirse, con el objetivo de que sean ellas las que se encarguen de embellecer nuestros jardines, parques y glorietas. En las ciudades de tierras bajas y climas cálidos es aún más importante, ya que los fuertes factores climáticos han dilapidado gran cantidad de recursos que se han invertido en la siembra y mantenimiento de especies que en condiciones naturales no podrían sobrevivir. La razón es que la infinidad de especies de plantas y animales y en general todos los organismos, son sistemas biológicos funcionales que como resultado de la evolución han establecido relaciones tan estrechas con su entorno que sólo son capaces de sobrevivir (de forma independiente) en unas condiciones determinadas y no en otras. Además, no hay que olvidar el gran peligro que implica para los ecosistemas la introducción de especies foráneas. Por ejemplo, especies como la acacia negra, los pinos o el retamo, han deteriorado la calidad de las tierras y bosques del Altiplano Cundi-boyacense.

Como afirma Jorge Wagensberg, “El motor de la evolución es el valor de la incertidumbre, los sistemas progresan si la complejidad aumenta. Pero quizás lo fundamental es tratar de mantener la independencia para sobrevivir”. En otras palabras, la “recuperación” de las mal llamadas zonas abandonadas conlleva a un empobrecimiento de la ciudad ya que trae consigo la pérdida de diversidad. Entonces, hay que empezar por valorar nuestra flora y fauna nativas, e invertir recursos en su investigación. Ello redundará no sólo en el aumento de la diversidad sino también en una oportunidad de enriquecimiento cultural, recreativo y de la educación de la ciudad y de sus ciudadanos.

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