LLUVIA DE SEMILLAS DE CEIBA

 En Ecología Urbana, Medio Ambiente

A finales de marzo de 2013 viajé a Barranquilla para asistir a una reunión familiar. Como sólo iba a permanecer un par de días, dudé en llevar la cámara fotográfica que uso para salir a pajarear; pero en un instante de lucidez de último momento decidí incluirla en mi morral de mano, porque pensé: “Uno nunca sabe con qué se puede encontrar”. Al llegar al hotel, un edificio de cuatro pisos de altura casi detenido en la Barranquilla de los años 50, me di cuenta de que el peso de la cámara no se comparaba con la oportunidad de fotografiar los detalles arquitectónicos y las aves que revoloteaban entre los árboles ubicados al otro lado del muro de la piscina (una pequeña ceiba y dos bignonaceas).

Foto de Carolina Salazar

Dos días después, unas horas antes del regreso, me acerqué de nuevo a los tres árboles pues me di cuenta de que además de torcazas (Columbina talpacoti), pericos (Brotogeris jugularis), un carpintero (Melanerpes rubricapillus) y de algunos pericos carisucios (Aratinga pertinax), había una pareja de ardillas de cola roja (Sciurus granatensis) saltando entre las ramas de los árboles llenos de flores y frutos. Aunque todos son fáciles de observar tanto en Barranquilla como en Neiva, nunca me canso de admirar de cerca sus colores y movimiento.

Foto de Carolina Salazar

Mientras miraba la parte alta de los árboles, sentí sobre la piel el suave roce de las semillas de ceiba que la brisa de Barranquilla había desprendido de los frutos. Envueltas en una lana de color beige brillante, se veían como copos de algodón bailando en el andén bajo los árboles.

De acuerdo con el libro Vegetación del territorio CAR editado por la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, la ceiba, bonga o ceiba de lana (Ceiba pentandra), es originaria del norte de Suramérica, Centroamérica y África tropical. Propia de las zonas cálidas y templadas en ambientes húmedos o secos entre los 0 y los 1500 msnm, se eleva hasta los cincuenta metros de altura y su tronco puede alcanzar dos metros de diámetro. Florece entre diciembre y marzo y fructifica entre abril y junio y da alimento a especies de aves, insectos y mamíferos silvestres.

Los huilenses la conocemos muy bien porque la más hermosa ceiba aún permanece erguida en el centro de la plaza del municipio de Gigante; es su habitante más ilustre. De acuerdo con el artículo “Una ceiba rodeada de leyendas” publicado el 6 de diciembre de 1995 en eltiempo.com, “Son muchas las leyendas que se han tejido alrededor de este árbol gigantesco sembrado el 5 de octubre de 1851 por orden del general José Hilario López para celebrar la firma de la Ley que abolía la esclavitud en Colombia”.

Siguiendo con el relato, cuando ya se aproximaba la hora de partir, mi hermana y yo caminamos por el andén que queda frente al Hotel del Prado. La brisa se había intensificado, y como si hubiéramos llegado a una cita con la naturaleza, en ese momento centenares de copos de lana de color beige-dorado que contenían en el centro una pequeña semilla redonda y oscura ansiosa de vida, se desprendieron desde dos ceibas gigantes ubicadas en el lote del tradicional hotel, danzando en el aire y descendiendo lentamente o en remolino -por el paso de los carros- hasta llegar a la calzada, al andén y a los antejardines cercanos. El susurro del viento estaba acompañado por el sonido de las semillas al liberarse. Las dos miramos maravilladas semejante espectáculo. Corrí hasta el hotel por la cámara y logré capturar en algunas fotos el recuerdo de ese mágico momento.

No sé si alguna de estas semillas alcanzará el lugar adecuado para crecer. Y tampoco sé si los vecinos de estas ceibas después de tantos años aun se detengan a admirar, entender y valorar tanto esfuerzo y tanta belleza. ¡Espero que sí!

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